Carl Sagan (1934-1996): el poeta que hizo brillar las estrellas

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Carl  Sagan (1934-1996): el poeta que hizo brillar  las estrellas

 

Ramón Rivas Aguilar

 

 

En las inmensidades que mortal alguno jamás  alcanzará, en su pequeño huerto cósmico de constelaciones, galaxias, estrellas, supernovas,  agujeros negros y materia oscura, develó desde la ciencia los secretos, la magia y la belleza de un universo   que cada vez más  se aleja de la tierra.  En su soledad en instantes, el resplandor de la divinidad de todo cuanto existe en el cosmo

 

Carl  Sagan, el poeta de las estrellas,  uno de los grandes astrónomos de nuestro tiempo, divulgador del vasto conocimiento sobre el firmamento.  En su grandioso libro: La  tierra,  un punto azul débil, deja correr en sus páginas cuán frágil es el mortal en la tierra, ante la gigantesca inmensidad de un universo  en expansión  que  contiene en su seno  unas  cien mil millones  de galaxias.  Aun, así,   la pequeña criatura,  hijo de la evolución cósmica,  hijo de las estrellas,  un privilegio  al develar en  su   conciencia   la majestuosidad y la divinidad   del cautivante y fascinante cosmo  que cada  vez más   se alarga   en el horizonte.  El pequeño gigante,  forastero de este  planeta, una caña frágil, en palabras del   filósofo francés Pascal,     descubre  con su pensamiento   los secretos  de todo cuanto se mueve en  el espacio cósmico: su origen, su destino  y el lugar que ocupa   en las inmensidades. El hombre de carne y hueso,  en  esa soledad  cósmica,  creatura de Dios,  habita  y reflexiona  sobre  el movimiento  de un universo que lo   vio nacer. Hasta ahora,  único con vida  en  esa vastedad que explora  la complejidad de ese tejido   galáctico con asombro y temor.  Un misterio de la existencia  humana.  Así, pues,  posemos  en nuestro hálito espiritual   la fuerza misteriosa de la divinidad,  de la temporalidad,  de  lo infinito,  de lo finito,  de lo mortal,  y de lo inmortal,  con ese  goce divino   por  capturar  en segundos  todo cuanto emerge  y  aparece en el firmamento.


La tierra,  un punto pálido azul, una pequeña  fotografía percibida en el horizonte a unos seis mil millones  de kilómetros, un lugar excepcional en la historia  del universo. Así, la tierra desde esa lejanía sideral,  un punto pálido azul,  la única morada  que  tenemos que preservar  ante los peligros  de los cataclismos naturales y  de las imágenes sombrías  del hongo  nuclear. Carl Sagan, reflexionó sobre el origen y destino de un universo solo posible en la tierra. Inmortalizar  la especie humana en otros universos, en otras galaxias, otras constelaciones es una vanidad según la espiritualidad de Santa Teresa  de Jesús.


Por tanto,  es lo más cautivante y fascinante  del libro  de Carl  Sagan, la biblia de las estrellas,  en que nos deja una honda reflexión filosófica sobre el origen y el destino vital   del universo,    que  en unos instantes  de la evolución  emergió  el hombre  y tomó conciencia  y se preguntó: ¿Cómo  apareció el universo  y el hombre  y su lugar en unas inmensidades  en la que no hay otra posibilidad de vida que en la tierra? Un misterio de la existencia que solo    Dios lleva   en toda su eternidad. Nuestra  Morada, única  en el  universo,   la tierra  entre los cielos, los dioses,  los mortales y los inmortales. No hay otro sendero sideral en las inmensidades. El  goce divino de un mortal, de un forastero,  de eterna gratitud con este astrónomo: Carl Sagan, hizo de su ánima una pasión por la ciencia y ofreció al mundo la posibilidad de imaginarnos la magia, el  misterio  y la grandeza de un universo impregnado   de divinidad, de  grandeza y majestuosidad.  Carl Sagan, un gigante del firmamento. Hoy con la magia del mes decembrino visualizamos un cielo, una vía láctea, una constelación,  una galaxia y una estrella en el camino  a  belén. La estrella de la cristiandad, el valor supremo de la civilización occidental.


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