El perro y el fin de las civilizaciones. Un encuentro con el hombre

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El perro y el fin de las civilizaciones. Un encuentro con el hombre

 

Ramón Rivas

 

Tal vez nunca sabré las razones fundamentales por las cuales siento una fascinación por tan bellos y maravillosos caninos. Seguramente, la respuesta clave está en aquella melodía cantada por el inquieto Anacobero que estremeció a hombres y mujeres en América Latina cuyo título es conocido por nuestro planeta: donde está linda. Daniel Santos en una de sus estrofas preguntaba: ¿Dónde está linda? sabrá Dios, sabrá Dios.

 

El perro ha sido y seguirá siendo parte vital de mi existencia humana. Desde niño, he tenido una relación significativa con estos exploradores de la naturaleza, protegidos por las grandes culturas universales. Es el símbolo más representativo de dioses y mortales. El hombre en su soledad radical, en su bostezo y aburrimiento, en su vacío y ausencia de la nada, escuchó por vez primera el aullar de estos salvajes, hace millones de años en aquellos bosques de las noches oscuras, como solía describir el poeta del fuego universal, San Juan de La Cruz. El hombre descubrió que existía y podía desviar su mirada hacia otras miradas. Desde ese instante milagroso, se hizo amigo del perro. Éste le devolvió el sueño, la alegría, el temor y la aventura para recorrer silenciosamente los más diversos senderos de este planeta. En ese andar, el canino fue su protector fiel. El hombre con su inteligencia divina fue descubriendo poco a poco los secretos de estos animales. Observó con mucho detenimiento cómo utilizaba el sentido del gusto y del oído para percibir olores y sonidos de los grandes gigantes y de los grandes bosques. Por ello, le erigió grandes monumentos para darles la gracia divina a estos salvajes de la naturaleza. Construyó múltiples códigos con el propósito sagrado de castigar y penalizar a quienes atentaran contra los amigos de Diógenes. La muerte y la esclavitud eran algunos de los medios que se utilizaban para detener a aquel que acechaba en la oscuridad. En las grandes bibliotecas de los imperios reposan millones de legados  donde se relatan las múltiples formas de castigos contra los asesinos de caninos. En los países del primer mundo, en los que nos dedicamos a cuestionar su capitalismo salvaje y monstruoso, se defiende a capa y muerte a estos animales. Existe un conjunto de reglamentos que evita la crueldad del ser humano para con estos sabuesos. La cárcel y las multas pecuniarias son las sanciones aplicadas aquellos individuos que buscan pagar su frustración contra tan fieles animales. Hubo un caso de importancia histórica en los Estados Unidos. Alguien maltrató a un cachorro; el castigo fue la pena de cinco años de cárcel y una multa de diez mil dólares. Aún más: se le obligó a olfatear durante 50 años las pisadas que dejaba cualquier perro salvaje en las grandes ciudades de los Estados Unidos. A cualquier hora era solicitado por los guardianes de los caninos para iniciar esa faena, por ejemplo, en Baltimore. Parecía el suplicio de Tántalo y Sísifo. En Venezuela hubo un caso que llamó la atención: alguien pagó siete años de cárcel por maltratar a un perro callejero.

 

Algunos amigos, esos amigos que sienten gran simpatía por mi persona, suelen decir: allá está el gran Amador; otros en silencio, utilizan la burla y la ironía que se refleja nítidamente en sus labios. Los más inteligentes utilizan las premisas de Freud y de los estructuralistas para dar una explicación racional a tal comportamiento, y de esa forma, excluyen de sus almas oscuras la miseria humana que los embarga. Y otros, bromistas como los carvajalenses, llegaron a escribir una frase en una de las tumbas del cementerio antiguo: “Aquí murió el perro del Lapo”. Frase que recorrió toda la geografía de nuestro bello pueblo. 

 

No sé. Nunca tendré una respuesta satisfactoria sobre ese sentimiento por los hijos de Diógenes. Ni Occidente ni Oriente podrían dar un atisbo sobre ese sentimiento inexplicable.

 

En este mundo en el que se agotaron las ideologías, los grandes proyectos, las grandes utopías,  las grandes pasiones, donde los fundamentalismos y dogmatismos hacen temblar la vanidad de los grandes imperios, donde el hombre huye hacía otros horizontes de la galaxia, donde la tierra se contamina y se extingue; donde todo se desvanece ante nuestros ojos, el hijo de Dios comienza a sentir en su interior la soledad del vacío y de la nada. No obstante, a lo lejos escucha el aullido del perro salvaje; despierto en él, en su espíritu, en su alma y en su memoria, es la salvación de su existencia.

 

Me gustaría dejar una frase que solía escucharle al amigo Patica, el caminante de los desiertos, en el jardín de las Guafas y el jardín de los bucares. Cuando le era difícil explicar alguna razón de su existencia, decía: “el corazón tiene razones que la razón desconoce”.

 

Paradoja de la existencia humana. El planeta Tierra se despedaza entre ilusiones y fantasías absolutas. Sin embargo, en ese entramado tan complejo de nuestra civilización Occidental y Oriental, que pareciera llegar a su fin, sólo queda la mirada, el silencio y el movimiento ondular del hijo de Diógenes: El perro. Por ello, hay que defenderlo y protegerlo ante las maldades de los imperios, de las civilizaciones y del pequeño mortal.


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