Los
historiadores y el petróleo
Ramón Rivas Aguilar
La pequeña Venecia
Embriagada del
oro negro
Resplandece en las aguas del lago y los
senderos acuosos del Orinoco.
A lo lejos el fruto de
la tierra con el perfume grato del
cacao y el café, con el becerreo
y pastoreo de su ganado. Un
día, un atardecer
brotó la luz del oro negro y comenzó la ruta de la grandeza histórica jamás vista en aquellos años de tan oscuridad. Poco o nada de esa civilización que se erigió
con el prometeo incesante del
fuego persa. Nada en los
recuerdos de los escarbadores del
pasado. Se asoma el ocaso. Vuelve la
esperanza con las brisas del lago
que se desplazan misteriosamente hacia las turbulentas aguas del Orinoco.
La historiografía sobre el petróleo venezolano
es escasa. Hasta ahora se han
ocupado de ella, en su mayoría,
profesionales de otras disciplinas científicas y pocos historiadores profesionales.
Resulta paradójico que un país como el nuestro, montado sobre un
barril de petróleo hace 100 años, “haya
puesto tanto poco interés heurístico
en la dimensión
histórico-económica en la cuestión petrolera nacional” (Humberto
trómpiz Valles).
El pecado original de
los historiadores de la Venezuela del siglo XX: poco interés o nada por el oro negro. En efecto.
El aparecimiento del petróleo, el
evento histórico de mayor trascendencia
del proceso venezolano desde que
apareció la primera creatura humana, en tierra precolombina, hace 15.000
años. Por su
magnitud histórica, por sus implicaciones y repercusiones en el
nacimiento y proyección de la
Venezuela del siglo XX y
su papel estelar en el escenario
internacional, nada comparable con otro
hecho histórico antes de la Venezuela del petróleo. Es decir, nada comparable con acontecimientos de importancia
histórica como lo fueron el proceso emancipador y la
guerra larga, la guerra federal. Sin embargo,
nuestros historiadores,
anclados en una historiografía colonial y republicana, perdieron el horizonte
vital como para examinar en su justa
dimensión histórica el rol de una
fuente de energía, como el
petróleo, un ente natural, transformado por el espíritu empresarial, creador e innovador del ser humano que cambió para siempre la vida material
y cultural de una nación, que
había vivido por siglos
del grato perfume y penetrante
del cacao, del cafeto persa y del
becerro y pastoreo del ganado. Un día, en un atardecer brotó
por los cielos zulianos esa cosa, un
aceite de color negro, el
petróleo que hizo de
Venezuela, la pequeña Venecia,
una geografía, embriagada del
estiércol del diablo, que deslumbró al
mundo. Un día de julio de 1914 y un día
del mes
de diciembre de 1922, en cuarenta y
ocho horas, la historia de Venezuela cambió radicalmente para siempre. Ya no
sería la misma. Un giro histórico, un
cambio estructural, una mutación, que abrió los caminos historiográficos
para establecer los cimientos de una nueva historia de Venezuela
mediante el descubrimiento de esa
riqueza en la Costa Occidental del lago Una interpretación histórica que arraigó
profundamente en el sustrato de
los venezolanos: la Venezuela antes del
petróleo; la Venezuela del petróleo y la Venezuela post-petrolera. La Venezuela del cacao,
la Venezuela del café,
la Venezuela del oro negro y la Venezuela del saber. La Venezuela vegetal y la
Venezuela mineral, en la mirada del novelista y cuentista Ramón Díaz Sánchez. Asimismo, con esa riqueza, en manos del estado, nació la
ciencia económica, la historia económica,
la política económica, una
filosofía de la historia y una política
económica internacional, con el peso
gigantesco del oro negro. De
igual modo, una novelística y una cuentistica,
impregnada de ese mineral, fruto de
millones de años en la que el orden
natural se fue transformando
hasta que apareció en una etapa geológica: el cretáceo. La poesía y el teatro dejaron
rastro del oro negro en
su imaginación y la creación de
la palabra sagrada. Los
juristas, los economistas, los sociólogos, los antropólogos, psicólogos, ingeniero y otros especialistas del saber,
dejaron en sus escritos
reflexiones sobre el significado histórico
de esa fuente de riqueza que para
bien o para mal, moldeó el destino vital de la Venezuela del siglo pasado. Lo
sorprendente y lo irónico es que los historiadores del siglo XX y
parte del siglo XXI, sin
ningún interés por analizar la
naturaleza de un hecho histórico de
tanta importancia para la nación como lo fue el petróleo y lo seguirá siendo en
el futuro inmediato. No existe una obra histórica que refleje en sus
páginas un estudio sistemático de lo que representó el petróleo para la Venezuela del siglo XX
y lo que representó para la historia mundial. Literalmente, ni un fonema, una sílaba, una
palabra, una frase, una oración, sobre
el oro negro que hizo de Venezuela
una nación petrolera de vital
importancia en el escenario
mundial. No lo sabemos.
No obstante, es posible
arrojar algunas razones que permitan
explicar una anomalía intelectual de
tal naturaleza. En primer lugar, un
desconocimiento sistemático sobre el
funcionamiento técnico, económico y empresarial
del mundo petrolero. Se tiene la
percepción muy primitiva de lo que se trata simplemente es de
extraer de un pozo un barril de petróleo. Sin embargo, En
esa actividad está todo
el peso de la ciencia, la
tecnología y el espíritu empresarial de los hombres que asumen el reto y el
desafío de promover una dinámica de tanta complejidad para
poner el producto y sus derivados
en el mercado mundial. Los hombres, sus
propietarios, sus gerentes, sus
trabajadores, en una tarea gigantesca
para la exploración, la explotación, la
refinación y la comercialización. En segundo
lugar, desconocimiento de la historia de las grandes empresas
petroleras del mundo. Solo la imagen nefasta y perversa de los célebres libros y las
películas sobre ese tema
que presenta Hollywood en la
que retratan a los empresarios petroleros como unos egoístas y avaros de fortunas.
Un prejuicio histórico. En tercer lugar, una idea
simplicista de mirar el petróleo como algo pasajero que no tiene
nada de interés en comparación con la riqueza productiva y perdurable de los frutos de la
tierra. En cuarto lugar, el petróleo, el estiércol del diablo, que tiene
todo la carga pecaminosa del
genio ginebrino católico.
Esa imagen, impregnada con la tesis sembrar el petróleo y el
minotauro, genera la percepción de un mineral diabólico y tiránico. De interés en esa tesis,
la idea de platón y Plotino
que consiste en la perfección del
alma y la mundanidad de la carne. En fin, sobre el punto, no existen
palabras finales. Ello, es una
mera especulación. “Los hechos
no existen. Solo interpretaciones”.
Por tanto, lo historiadores, las viejas
y nuevas generaciones, ausentes
en el estudio del evento
histórico de mayor trascendencia de nuestro
proceso venezolano: el petróleo.
Una riqueza natural, en manos del estado, con un
rol gigantesco en la los cimientos de la Venezuela del siglo XX y de una
importancia histórica en la geopolítica del petróleo
en el mundo internacional. Nada comparable con cualquier otro hecho histórico de nuestro pasado. Una muestra de esta afirmación, es el
índice bibliográfico sobre
el tema petrolero venezolano,
que alcanza en términos cuantitativos unas diez mil publicaciones. Ningún otro
fenómeno histórico logra superar
tal cifra.
Por tanto, es
de vital interés la posibilidad en un
futuro inmediato promover un debate intelectual sobre
la pregunta fundamental:
porqué y cómo nuestros historiadores no
fueron capaces de abordar cada uno en
su perspectiva el hondo significado
histórico del petróleo en la vida nacional y su proyección en el escenario mundial. Los logros
materiales y culturales, los alcances,
los límites, las contradicciones y las
paradojas que se derivan
de todo evento histórico. Hoy, los
expertos petroleros nos hablan
de los días contados del
petróleo, como fuente de energía para abastecer el mercado global.
Se avecina nuevas fuentes alternas de energía para los próximos siglos. Es
fundamental estar preparado para
un proceso civilizatorio que
marca la ruta hacia un nuevo modelo de energía a nivel
mundial. De allí, la
conciencia histórica es esencial para delinear una transición histórica que nos permita conjugar
todas posibilidades de fuentes
alternas de energía, con el conocimiento de que
somos un país petrolero
y que algún día dejaremos de
serlo. Dar el salto cuántico hacia
un nuevo modelo de energético,
requiere de historia, de memoria
como para tener conciencia de
donde estamos parados y cómo
iniciar el paso hacia una
nueva era civilizatoria sin el oro negro. Por supuesto, pasarán décadas para alcanzar un objetivo de
tal naturaleza. Pensar el futuro energético
de Venezuela, contando con los
recursos naturales que posee,
es parte fundamental de nuestra
imaginación como posibilidad
para abrirnos hacia
una civilización. Insisto, los historiadores tienen
que dar cuenta de la Venezuela
del petróleo y cómo mirar
el horizonte con otras formas
de energía que transformarán
el espacio y el tiempo, con
nuevas líneas de tiempo.
